Resumen y análisis de The Washington Post (Spoiler Alert)


    Todo recaía sobre sus hombros. Las decisiones no se toman a la ligera cuando lo que quiere hacer es deslumbrar un encubrimiento que hizo la Presidencia sobre la guerra en cuestión. Se sabe que la guerra de Vietnam es la espina molesta que tiene Estados Unidos en la palma de la mano; es la única guerra que no ganaron. Y era imposible que la ganen cuando la prensa entera se les puso en su contra.

Era un día normal en el Washington Post. Su editor jefe, Ben Bradlee, se debatía cansado cómo hacer para que dejen entrar a una reportera a la boda más importante del año mientras pensaba en que trabaja Neil Sheenan, que hace tres meses que no escribe en el Times. Todos saben que los trabajos de Neil no eran simples, y estaban todos expectantes al fin de su silencio.

Cuando por fin apareció fue como si se pausara el mundo. Robert McNamara le había advertido a su amiga Katherine Graham, quien además de ser su confidente es la dueña del Washington Post, que la nota que publicaría el Times al día siguiente dañaría su imagen. Y así lo fue. A partir de ese momento se libraría en Katherine una disputa personal y a la vez profesional: o apuesta a sus amistades o al diario que perteneció a su familia. 

La nota de Shenaan superó cualquier tipo de expectativa. Sabían que era buen periodista, pero su trabajo era polémico: detalló las mentiras que contó la Presidencia y la Secretaría de Defensa (encabezada por McNamara) para poder continuar con la guerra aunque en Vietnam se respiraba aire de democracia. Estados Unidos mandó jóvenes soldados al campo de batalla para evitar una mala prensa porque sabían que la guerra estaba perdida. 

A Ben Bradlee se le iluminó la cara cuando leyó el artículo. Tomó sus cosas y salió para la casa de la Sra. Graham, a quien llamaba personalmente Kay. La señora, que era todo menos lenta, pudo darse cuenta de las intenciones de su editor cuando piso la entrada de su mansión. Él quería el estudio de Robert McNamara: el que contenía todos los secretos. Katherine se negó. ¿Cómo le iba a pedir a su amigo, el que estuvo con ella cuando su esposo se suicidó y el que nunca le soltó la mano, que le entregue el ensayo que lo culpaba de encubrimiento y que marcaría el fin de su carrera? Era imposible. 
    Bradlee, insistente, le advirtió que no se daría por vencido y buscó por todos sus periodistas que alguien le encuentre el estudio. Él, vehemente, estaba harto de leer las noticias en vez de reportarlas. El Post estaba surmergido en una crisis financiera que implicaba que la empresa entrase en las carreras de bolsa para solventar los gastos; y eso implica relacionarse con gente de las empresas, no con gente del periodismo. 

    Aún con los valores de su medio a cuestas, Ben encontró el estudio. Para evitar rumores que estaban de más en un contexto tan polémico, decidió que sus mejores reporteros vayan a su casa para escribir desde allí. El ensayo estaba desorganizado: le debieron cortar el número de las páginas porque allí estaba el sello de Top Secret que recalcaba que no se puede fotocopiar un documento presidencial. Pero en medio de una pseudo guerra, los secretos están sobrevalorados.

    Sólo tienen siete horas. Ben se desata la corbata y transpira porque esto es lo significa ser editor: jugársela por una nota que quizás implique un juicio, una caída de inversionistas, y hasta quizás, la cárcel para él y su amiga Kay, que se seguía oponiendo a la publicación del estudio. Fumándose un cigarrillo tras otro, le abre la puerta de su casa a los abogados del Post, quienes también se reúsan a la publicación de la nota.

    Eran todos contra Ben. La decisión estaba solo en Katherine. Ella interrumpe una de sus famosas veladas para poder dar su veredicto. En el teléfono estaban Ben, los abogados del periódico y los que la aconsejan con los inversionistas. Todos dicen que no, salvó él. 

    -Hagámoslo, publiquémoslo.

    Kay estaba nerviosa. Era típico de ella que titubee y tartamudee cuando las decisiones tienen esta magnitud. Ben cortó el teléfono en su casa y prosiguió a trabajar con los reporteros para la publicación de la nota que cambiaría el rumbo de Estados Unidos para siempre en la historia militar. 

    La euforia era tal que se olvidó de un detalle. La presidencia silenció al Times y le prohibió publicar noticias que contengan información secreta del gobierno. Pero se le escapó que en el comunicado también les prohibía a los demás asociados, es decir, a los demás medios de comunicación. Nadie podía hablar sobre el tema. Ben respiró hondo y pudo por fin, parar un segundo. Estaba nervioso, cansado de darlo todo por la Primera Enmienda de la Constitución.  

    Kay tampoco sabía que hacer: publicar el artículo podía significar la clausura del Washington Post. –Piensa en tu padre, en tus empleados- le decían los hombres que la aconsejaban con los inversionistas –Por teléfono me informaron que muchos dejarán de invertir en el Post si publicas esto-. 
    
    Transpira, le tiemblan las manos. Mira a Ben, a los abogados, a la foto de su marido junto a padre. Todo está en juego.

    -No es la compañía de mi padre, ni de mi marido. Es mi compañía. Y cualquiera que piense diferente no debe estar en mi junta.

    Kay falló a favor de Ben. En un abrir y cerrar de ojos, las impresoras del Post empezaron a andar hasta que tuvieron cada copia lista para circular. Salieron los camiones con la noticia que cambió el rumbó del diario para siempre. 

    Tras la publicación, el Post y el Times se sometieron a juicio esperando que la Primera Enmienda pueda salvarlos de la clausura. Pero todo tomó otro rumbo: fueron los demás medios del país los que salieron a respaldarlos. Todos publicaron los estudios de McNamara, delatando la frialdad del gobierno y sus pésimas decisiones de llevar adelante una guerra que estaba perdida desde hace años.

    La Justicia no podía clausurar a toda la prensa. Es por ello, que desde ese día, el Post dejó de ser un diario local y pasó a la historia. Ben Bradlee, no solo fue su editor, sino que fue el que más creyó en el diario y él que se dispuso a darlo todo por la verdad. Ese es el trabajo de un editor: alguien que no se deja llevar por los intereses económicos y por lo que dicen agentes externos al periodismo. Sólo cuenta el periodismo de calidad. 

Por: Bárbara Reyes

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